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Una de las creaciones capitales del arte popular habanero es, sin duda alguna, esa obra encantadora y anónima que señalaremos con el nombre de "Carretón de Oquendo".Se trata de un altorrelieve, de unos tres metros de ancho, que por singular ironía adorna la cornisa de un garaje -local que debió albergar antaño un tren de carretones-. Una orla finísima, un tanto barroca, le sirve de marco, aislándolo del cielo, sobre el que se destaca en juego de sombras y superficies claras.
Dos mulitas, deliciosamente enjaezadas, tiran del carretón. Por la exactitud de su representación, el modelado delicado de las cabezas, la finura de lo detalles, esa mulitas evocan en mi mente la imagen de los borricos de cascos ligero, tradicionales y dóciles, que llenan las calles de Toledo y completan, necesariamente, todo paisaje de Castilla. Ninguna torpeza en el dibujo o colocación de las figuras nos permite sonreir ante la técnica segura del artesano que las creó... Un solo detalle ingenuo por la parte trasera del carretón, asoma un pie del carretonero, haciendo tangible una presencia humana en el conjunto.
Con un cerdo tallado en madera negra que he visto en Regla; con el caballo blanco, de tamaño natural, que se yergue misteriosamente en la campiña a un kilómetro del Lucero, el "Carretón de Oquendo" constituye una de las más perfectas muestras de escultura popular que me haya sido posible admirar en La Habana.Alejo Carpentier
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